Viejos amigos

Mientras caminaba por las calles del mercado los olores que escapaban de las casas y algunos locales le recordaban que era hora de la comida. El calor sofocante y la humedad hacían que las gotas de sudor volvieran a su frente tan pronto como se las limpiaba con el pequeño trapo que siempre traía consigo. Caminaba mientras esquivaba personas, androides y carros automáticos que transportaban productos de una tienda a otra.

Los vendedores mostraban sus mejores productos a las personas que aglomeraban la calle, piedras preciosas extraídas directamente de las montañas de Möl, perlas de almejas gigantes recién desembarcadas desde Ailu, arenas preciosas de Bilm, fruta recién cosechada ahí mismo en Nukuch. Productos de cada una de las lunas de Kumpor y hasta promesas de lugares más lejanos.

Sabía exactamente qué local tenía que visitar. Pero siempre disfrutaba pasearse por otros mercados, analizar las estrategias de ventas en otros satélites y tomar ideas para sus propias empresas. Los mercados locales son el mejor reflejo de la cultura de un lugar, y un lugar tan rico y poblado como Nukuch seguro tenía mucho que mostrar.

Entró al local y escuchó como un timbre viejo sonaba a lo lejos activado por algún sensor.

—¡Hola! ¡Bienvenido a los cachivaches de Aurtrelio!—dijo una voz mecánica emanada de un androide— Encontrarás las mejores ofertas en muchos productos y un amplio catálogo donde hallarás todo lo que buscas. Recuerda, si Aurtrelio no consigue lo que buscas, probablemente no lo necesitas.

—¡Cállate ya!—gritó un hombre desde la trastienda mientras caminaba a recibir al visitante—. Mi hijo pensaba que era buena idea tener uno de estos en la entrada, que le daría un toque antiguo, pero la verdad nunca me terminó de convencer. ¿En qué puedo servir?

Aurtrelio tenía unos lentes pesados que enmarcaban sus ojos oscuros y los hacían ver el doble de su tamaño real. Su piel oscura había cambiado a un tono más claro por la edad y estaba surcada por arrugas en cada una de sus líneas de expresión, creando una máscara de múltiples emociones en su cara. Su cabello rodeaba su cabeza de un blanco cenizo, que daba la idea de que antes había ahí un color negro como el carbón.

—¡Aurtrelio!—exclamó el visitante.—¿Así es como tratas a un viejo amigo?

El vendedor levantó la mirada y miró a su nuevo cliente de arriba para abajo, después una sonrisa se dibujó siguiendo las líneas de su viejo rostro.

—¡Frôn! ¡Que gusto verte!—Aurtrelio salió de su mostrador para abrazar al visitante.—¿Qué te trae por Nukuch? O más bien, ¿qué te trae por mi modesta tienda?

—¡Hola!¡Bienvenido a los cachivaches de Aurtrelio! Encontrarás las mejores ofertas en muchos prod…

La voz del autómata se vio interrumpida cuando el viejo vendedor golpeó fuertemente al androide en el interruptor maestro.

—Una disculpa Frôn, tu sabes como es esto de la tecnología vieja. Severio gustaba de mantenerlo funcionando, ahora soy yo el que tiene que encargarse de él, y no tengo la habilidad que tenía él.—El viejo soltó  un suspiro mientras su mirada se perdía en la puerta.—Pero dime, ¿qué te trae por aquí?

Frôn paseó la mirada por los estantes de la tienda, artículos viejos en su mayoría. Repuestos, herramientas, manuales electrónicos, monitores de actividad, en su mayoría cosas inservibles que por uno u otro motivo habían ido a parar ahí. Pero lo que le interesaba no estaba en esos estantes.

—Estoy en una búsqueda interminable mi buen amigo. Llevo años coleccionando artículos antiguos, milenarios; saltando de satélite en satélite, recorriendo las cinco lunas habitadas, comprando de personas que no saben lo que tienen y vendiendo a otros que sobrevaloran los productos, pero hay uno que sigue escapándose de mi inventario.

Aurtrelio lo miró con unos ojos grandes que asomaban detrás del cristal grueso de sus lentes. Esperando que el comprador le diera más pistas. Al darse cuenta que no sacaría más información sin continuar la conversación tomó la palabra.

—Lo sé Frôn, tu nombre es conocido en cada rincón de Kumpor. El haberte vendido en tus primeros años me ayudó a conseguir clientes una vez que tu historia salió a la luz, aunque no duraron tanto como hubiera esperado. Pero por eso estaré siempre agradecido.

—Gracias amigo, quería pedirte una cosa, algo que, como ya te dije, se me ha escapado de las manos. Un artículo más antiguo que nosotros mismos, incluso que todas estas ciudades.

Aurtrelio lo miró fijamente, su postura cambió, su cuerpo se puso un poco más rígido y juntó las manos sobre el vidrio del mostrador en el que estaba recargado. Desvió la mirada de su interlocutor unos segundos, para después volver a mirarlo.

—No sé a qué te podrías referir, pero con gusto te guiaré al lugar indicado si me dices que estás buscando.

Sacó nuevamente su trapo para limpiarse el sudor de la frente, el interior de la tienda empezaba a caldear conforme el día daba paso a la tarde. Su cuerpo hecho para el clima seco y frío de las montañas de Möl no estaba acostumbrado al calor y la humedad de Nukuch.

—Vamos Aurtrelio, ¿así es como vas a tratar a un amigo? Los dos sabemos a que me refiero, tú eres el único que puede tener uno de esos viejos procesadores que vinieron en las primeras naves, traídos directamente desde Terra Glauca, hecho por los antiguos. Y mejor aún, todavía completamente funcional.

El hombre detrás del mostrador empezaba a mostrar gotas de sudor corriendo también por su frente, lo cual no era tan común para un local, mucho menos bajo el resguardo de sus propias casas hechas de madera modificada para mantener los lugares a la temperatura ideal para los locales. A pesar de la humedad sus labios se resecaron y tuvo que mojarlos un poco para poder continuar con la conversación.

—Lo siento Frôn, pero si tal artefacto existiera, después de tantos años, sería imposible que funcionara. Además, no sé que te hace pensar que yo podría tener algo semejante.

—Te voy a ahorrar el regateo por los años que llevamos de conocernos. Sé gracias a mis fuentes que tú eres el único en Nukuch que todavía tiene uno de estos procesadores, y me atrevería a decir que eres de los únicos en todo Kumpor.

Aurtrelio se movía incómodo del otro lado del mostrador, esquivando la mirada de su comprador.

—No sé a qué te refieres, nunca he escuchado…

—De verdad que puedes llegar a ser pesado Aurtrelio. Podría esperar a que murieras y comprarlo en una subasta barata del ayuntamiento. Pero te quiero regresar el favor que me hiciste en mis primeros años, quiero comprártelo a ti. Que disfrutes del dinero por el tiempo que te queda.

El vendedor respiró hondo.

—Lo siento, pero no está en venta—dijo en un susurro.

—Oh mi buen amigo, todo está en venta en este sistema.

El viejo levantó la mirada, unos ojos cristalinos miraban al hombre de Möl suplicando.

—No está en venta Frôn.

—¡Vamos Aurtrelio! Haz algo bueno para ti de una vez. ¿Qué pasará con todo esto cuando tú mueras?

—Eso no es asunto tuyo Frôn.

—Por favor Aurtrelio, ni siquiera has escuchado mi oferta.

—No hay ninguna oferta que escuchar. No está a la venta. Entiende Frôn, no es cuestión de dinero.

—Te ofreceré tanto dinero que podrás comprarte tu propia isla artificial en las aguas de Ailu. Te retirarás como  los grandes, lejos de esta tienda llena de polvo y artefactos que nadie va a comprar.

Aurtrelio miró el robot que yacía apagado a su lado, ajeno a la conversación, sin ninguna consciencia de lo que ahí sucedía.

—¿Sabes? Mi hijo armó este robot desde cero. Tomó cada una de las piezas que yo iba dejando. De autómatas que dejaron de funcionar, piezas de repuesto de números de serie que desde hace años salieron del mercado. Era un apasionado de la electrónica —Suspiró mientras con la mano acariciaba el hombro metálico frío al tacto.

—Lamento mucho lo que sucedió Aurtrelio.

—Quería hacer un robot que me ayudara, que hiciera todo por mi. Yo no tendría que mover ni un dedo y tendría un robot hecho a mi manera, no esos androides que caminan por las calles tan genéricos. Él quería que su padre tuviera el primer robot armado por él. Quería empezar su propia producción. Nunca pudo terminar siquiera el primero de ellos.

Sus ojos empezaron a llenarse de lágrimas , amplificadas por los grandes vidrios de los lentes del hombre.

—Me dolió mucho no poder acompañarte en su funeral amigo, pero envíe mis condolencias

—Y fueron bien recibidas amigo, bien recibidas.— La mirada del vendedor se perdió una vez más en la puerta—. A veces siento como si siguiera aquí, ¿sabes? Como si cualquier día va abrir esa puerta con las piezas que le pedí que trajera. Si tan sólo hubiera pedido el servicio automático, nada hubiera pasado.

—Eso fue hace muchos años Aurtrelio. No tienes porque culparte a ti mismo, tienes que dejarlo ir. La erupción Kumporiana no estaba calculada para esas fechas, nadie sabía que nuestro gigante gaseoso se iba a comportar de esa manera.

—Lo sé, pero fui yo el que lo mandó a Bilm.

—Fue un error de cálculo, ninguna nave debía de haber estado en ese sector en ese momento. Yo mismo perdí una de mis tripulaciones mercantes en esa explosión. Pero el Concejo aprendió mucho de eso, es algo que no volverá a pasar.

—Si tan sólo hubiera pedido el servicio de envío. Pero él no conocía Bilm, había escuchado de las ciudades labradas en arena y siempre había querido visitar; quería regalarle ese viaje, sería su primer viaje solo, tenía que aprender cómo se maneja nuestro negocio.

Frôn se limpiaba una vez más el sudor de la frente, consultó rápidamente en su lector neuronal la hora, se le hacía tarde si quería llegar a Möl al tiempo acordado.

—Aurtrelio, de verdad lo siento mucho, en otra ocasión puedo venir a Nukuch y tomar un té contigo. Que me platiques de como conseguiste todas estas piezas, de tu tienda, de tu familia. Pero necesito la pieza, como ya te dije estoy dispuesto a pagarte lo suficiente por ella.

El viejo miró una vez más el robot vendedor que estaba a su lado, las pantallas que hacían de ojos y boca apagadas, las manos en posición de descanso caídas al costado, la cabeza ligeramente inclinada.  Los ojos cristalinos y tristes de Aurtrelio pasearon de arriba a abajo del cuerpo del androide. Soltó un fuerte suspiro y apretó los labios.

Caminó detrás del robot, tomó un desarmador que estaba cerca y empezó a destornillar la parte trasera del androide. Uno a uno acomodó cada uno de los tornillos en el mostrador, después la placa metálica que protegía el interior de la cabeza del vendedor electrónico. Cuidadosamente retiró una tablilla verde, con un procesador negro en el centro. Los ojos de Frôn brillaron, saltó rápidamente para mirar de cerca la tablilla que Aurtrelio acababa de sacar del robot.

Frôn estaba por decir algo cuando Aurtrelio levantó un dedo pidiendo silencio, tomó una pequeña herramienta con forma de paleta y con un minucioso cuidado separó uno a uno cada conector del procesador hasta liberarlo por completo. Lo sujetó con unas pinzas y por último lo colocó en una bolsa metálica.

—Tienes razón Frôn, tengo que dejarlo ir —dijo extendiendo la mano para entregar la bolsa al comprador—. Han pasado muchos años.

Frôn tomó la bolsa metálica, después miró al robot que yacía inmóvil detrás del mostrador, a un lado de Aurtrelio, ausente de todo, sin saber que nunca más volvería a encenderse porque le habían sustraído lo poco que podía tener de humanidad.

—¿Todo este tiempo? ¿El robot?

—Como te dije, Severio era un apasionado de la electrónica y de la historia. Me pidió personalmente trabajar con el micro controlador terrestre, decía que él mismo lo podía re programar para ayudarme en la tienda. Quería que este robot hiciera todo por mi. Le faltaba todavía mucho por hacer, pero siempre estuve orgulloso de lo que logró. Intenté terminarlo después del accidente, pero es tecnología muy vieja que nunca pude entender. Los últimos años me dediqué a darle mantenimiento, sentía que si lo dejaba morir, era como dejar morir a Severio.

Frôn miró una vez más al viejo, sus ojos tenían un brillo diferente y una pequeña sonrisa se dibujaba diferente a cualquier arruga que mostraba su rostro.

—Gracias Aurtrelio, significa mucho para mi.

El viejo Nukucheano soltó una risotada.

—No te preocupes Frôn, tú mismo lo dijiste, es hora de seguir adelante. No le queda mucho a esta tienda, ni a mi, es mejor pasar mis últimos años descansando.

Una gota de sudor lo hizo regresar a la realidad, Frôn se limpió la frente una vez más y guardó la bolsa metálica en su mochila.

—Tendrás el dinero antes de que se acabe el día Aurtrelio.

Frôn dio un último vistazo a la tienda y su mirada se detuvo una vez más en el robot. Miró a su amigo una vez más e inclinó la cabeza en modo de despedida. Se giró y abrió la puerta.

—¡Frôn!—El Möleano se detuvo en la puerta y volteó a ver a su viejo amigo—. Te enviaré la invitación a tomar ese té una vez que esté instalado en mi isla.

—Claro que sí Aurtrelio, claro que sí.

El timbre viejo sonó una vez más y se vio interrumpido por la puerta cerrándose detrás de él y los sonidos del mercado de Nukuch, sacó una vez más el trapo y se limpió el sudor, estos no eran climas para alguien como él.

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