Zona E33

El frío golpeaba su cara mientras frente a ella los picos de la cordillera número tres se perdían hasta el horizonte. El azul grisáceo del cielo dejaba pasar la luz del sol sin ningún problema y no se veía ninguna nube que interrumpiera el cielo, las siluetas de dos satélites, Nukuch y Ailu, se dibujaban también en el horizonte, del primero se podían distinguir los ríos que partían las zonas tropicales en distintas islas verdes tupidas de árboles, del segundo las nubes contrastaban con las diferentes tonalidades de azules de los océanos que dominaban el satélite marino.

Detrás de Cera, cubierta por nieve, se distinguía una nave destruida en la cima de la montaña, el fuselaje se veía corroído por los años y por lo menos la mitad de la misma ya no existía.

El ruido del vehículo aterrizando interrumpió sus pensamientos, el brillo de la nieve le impedía enfocar a las dos personas que estaban bajando en ese momento, el arqueólogo Rusef Vamdi bajó de la nave seguido de la jefe de seguridad de la cordillera número tres, Elena Tovc.

—Buenas tardes doctor, comandante—dijo alzando la voz para evitar el ruido de la aeronave que en ese momento estaba alejándose—. Disculpen haberlos llamado tan repentinamente.

—No se preocupe exploradora—dijo Elena mientras se limpiaba la nieve de las botas.

—¿Se puede saber qué es tan urgente Cera?—preguntó el doctor con su voz chillona que hacía temblar los oídos de Cera.

A veces lamentaba trabajar con el doctor, la búsqueda de un candidato que lo reemplazara siempre estaba en curso, pero Vamdi no sólo tenía experiencia, tenía un sexto sentido que le había ayudado a conseguir varios contratos y descubrir cosas que nunca hubiera hecho de otra manera.

—Claro, es aquí en la cima de este pico.

El arqueólogo frunció el ceño al ver la nave destruida.

—Te dije desde que me llamaste Cera—dijo el arqueólogo caminando con dificultad—. No hay nada en E33, el sitio ha sido peinado por todas las agencias públicas y privadas. Es tan irrelevante que ni los carroñeros se acercan ya para vender sus piezas en el mercado negro.

—Lo sé Rusef, no es por eso por lo que los traje aquí, es algo más, síganme.

Los dos invitados se miraron extrañados mientras Cera comenzaba a caminar hacia el accidente. Elena se encogió de hombros y siguió las huellas de la exploradora, pocos segundos después los refunfuños del arqueólogo indicaban que el también estaba siguiendo el camino.

El accidente tenias cientos de años ahí, aunque era difícil llegar se volvió un punto muy popular entre exploradores, arqueólogos y carroñeros, artículos frescos traídos directos de Terra Glauca siempre eran bien valorados tanto de forma legal como ilegal. Con los años perdió su novedad y la gente se olvidó rápidamente de ella. Por los últimos años había descansado ahí en la cima de esa montaña cubierta de nieve, como el último estandarte de un imperio que nadie recordaba su nombre.

El viento golpeaba sin clemencia la punta de la montaña con tanta fuerza que se podía escuchar en algunas ocasiones cuando impactaba con la parte rocosa de la montaña.

Llegaron a los restos del naufragio espacial, el camino fue corto pero pesado, la nave estaba en la cima y sólo había un pequeño sendero empinado para llegar hasta ahí. La nave triplicaba su tamaño de cerca, lo que de lejos se veía como una nave comercial era en realidad todo un vehículo de supervivencia en el que podría vivir una pequeña comunidad. Tan solo la mitad que era visible necesitaría de decenas de personas a su cargo para funcionar con normalidad.

La comandante Tovc se detuvo por un segundo para admirar la grandeza de los restos, una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Cera, ver a otras personas reaccionar al E33 por primera vez le hacía recordar su propia reacción hacía ya más de 20 años.

Cera los esperó a unos cuantos pasos de una entrada improvisada a la nave, una perforación hecha por algún equipo de excavación hacía años. La comandante seguía admirando los restos de la nave, mientras que Vamdi jadeaba para alcanzar el paso de las dos mujeres.

—Debo de admitir que esto es…impresionante—dijo la comandante después de dejar su estado de trance—. Esta nave debió de haber tenido una tripulación más grande que muchos de nuestros batallones.

—Se calcula que por lo menos 300 personas iban a bordo de ella—contestó el arqueólogo mientras se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo que había sacado de su bolsa—. Nunca se encontraron sobrevivientes y todos los sistemas estaban completamente inutilizados cuando se empezaron a hacer las investigaciones.

—¿Qué hay de los reportes de la nave? Debe de haber algún identificador o algo.

—Nada, no hay nombre, código, ningún tipo de registro que nos ayude a encontrar más información. Muchos de los datos de naves y misiones de Terra Glauca fueron eliminados y los pocos que quedan están clasificados—dijo el arqueólogo—. Muy poca gente viene a estas ruinas ya, y no los culpo— dijo paseando los ojos por la grande pared de metal que estaba enfrente de ellos—. No hay mucho más que ver en estas ruinas.

—No se trata de que hay que ver en estas ruinas Rusef, se trata de que no hemos visto de estas ruinas.

Cera entró por el hueco que estaba detrás de ellos, sus dos acompañantes la siguieron. Entraron por lo que probablemente había sido un pasillo de la nave, sus pisadas eran amortiguadas por la capa de nieve que cubría el suelo. El arqueólogo encendió una linterna para iluminar el pasillo que se extendía más allá del alcance de la misma.

Caminaron sin hablar por unos minutos, Cera seguía el laberinto que eran los pasillos internos sin ningún problema, el arqueólogo y la comandante regresaban la mirada de vez en cuando para tratar de recordar el camino.

Cuando Rusef estaba por volver a quejarse de que los hubieran llevado una vez más a ese lugar el pasillo terminó y dio paso a una cámara con un techo alto. Pantallas apagadas y destruidas coronaban varios escritorios y se podían distinguir algunas sillas empotradas enfrente de los mismos. El polvo y la nieve se habían apoderado de la mayoría de las consolas y una de las paredes estaba cubierta por paneles que seguramente habrían funcionado como pantallas hace cientos de años. Rusef suspiró y se quejó.

—No sé que intentas mostrarnos Cera—dijo sentándose en una de las consolas cercanas, sacudiendo con su mano rechoncha antes de hacerlo—, la sala de comandos no es un secreto de la nave.

Cera no dijo nada, se sentó en una de las consolas y empezó a buscar con sus manos algo debajo de la mesa.

—Esto debió de haber sido el centro de control militar, si no me equivoco—dijo la comandante reconociendo algunos de los elementos de la cabina—. Muchos de nuestros diseños modernos están basados en bocetos de los antiguos.

—Así es, es la única cámara de control que se mantuvo intacta, la otra mitad de la nave debió de haber albergado el centro de control y la cabina principal—dijo Rusef paseando la mirada por la cámara.

Elena caminaba por las diferentes sillas nombrando el posible rango del militar que debía de haber trabajado ahí cuando la nave volaba. El sistema jerárquico de escalafones militar de las cinco lunas habitadas estaba basado en el mismo de Terra Glauca. Miró a Cera que estaba sentada en el que debía de ser el asiento designado para alguno de los alféreces.

Los pensamientos de la jefe de seguridad se vieron interrumpidos por un zumbido seguido de un grito de sorpresa por parte de Rusef.

—¡Esto es imposible!—dijo el gordo arqueólogo levantándose rápidamente de su lugar mostrando una agilidad que había estado ausente hasta ese momento—. Cera, es imposible. Ninguno de nuestros técnicos especialistas ha podido encender el sistema.

—Lo mismo pensé doctor—dijo ella mientras esperaba que el sistema entrara en funcionamiento—. En uno de mis últimos viajes a la zona sur de la nave encontré una sala de sistemas abandonada, había varios manuales electrónicos obsoletos en estanterías y aunque no pude hacer que ninguno funcionara—sacó una tableta de su bolso y se la dio al doctor—, pude extraer la información guardada dentro.

Los ojos del doctor miraban vibrantes y abiertos la pantalla mientras con sus dedos hacía los gestos necesarios para cambiar de página. Cera no pudo ocultar una sonrisa en la reacción del viejo arqueólogo al pasar y regresar de páginas, leyendo una y otra vez.

—Esto…esto es un manual de como iniciar las máquinas en caso de emergencia.

—No sólo eso doctor, tiene información y especificaciones técnicas de los ordenadores de la sala de control militar.

—Tenemos que ir a esa cámara Cera, tenemos que sacar más información—dijo el doctor en forma de súplica sin guardar su sorpresa ante la nueva información por parte de la exploradora.

—No tiene caso doctor, todas las tabletas de información que encontré contienen el mismo manual, probablemente era un almacén.

—Bueno, ¿y a qué viene todo esto Cera?—dijo la comandante sintiéndose un poco ajena a la conversación—. Entiendo que éste sea un descubrimiento importante, pero recuerdo que me dijiste explícitamente que era un asunto de seguridad lunar. No veo porqué un viejo manual necesite de mi presencia aquí.

—No es el manual lo que le interesa a usted comandante. Es lo que está en esta consola lo que importa.

Con un gesto de la mano Cera invitó a Elena a mirar la pantalla que ahora iluminaba débilmente la gran sala con su brillo anaranjado. Datos de navegación se mostraban en una gran tabla con coordenadas de la misma nave.

—Muchas de estas coordenadas no tienen sentido, algunos de estos lugares ni siquiera existen en nuestros mapas

—Exacto comandante, los registros de viaje de la nave no muestran ni un solo punto posible en nuestro sistema lunar.

Un silencio se apoderó de la habitación, el doctor dejó de mirar el manual y escuchaba boquiabierto la conversación. Cera temblaba ligeramente, la misma sensación que había tenido cuando descubrió el informe por primera vez. La jefe de seguridad miraba la tabla de navegación con un gesto de preocupación tratando de hallar algún sentido al informe que se mostraba ante sus ojos. Rusef dejó la tableta a un lado y se acercó a la consola, mirando las coordenadas del informe que mostraba la pantalla.

En la cámara el leve brillo anaranjado de la pantalla se perdía en la oscuridad. La lámpara del doctor seguía encendida, proyectando una luz blanca que se mezclaba con la de la pantalla generando unas largas sombras de los tres. El zumbido de la computadora encendida era lo único que interrumpía el silencio que reinaba en el naufragio que rápidamente había cambiado su aura.

—Esta coordenada sí está en nuestro sistema— Señaló la comandante a la última coordenada de la lista—. Pero, esto no es Möl—dijo seguido de un pequeño silencio—, esto es Siyona.

El arqueólogo soltó un pequeño grito ahogado y se tapó la boca.

—No puede ser, nadie vive en ese satélite. La nave colonizadora nunca llegó y era zona restringida para cualquier tipo de nave.

En ese momento el brillo de la pantalla se empezó a apagar hasta que el zumbido desapareció.

—¿Qué pasó? ¿Dejó de funcionar?—dijo la comandante Tovc confundida.

—Nunca he podido hacer que funcione más de 30 minutos—dijo Cera—. He intentado de todo pero la consola sólo responde los primeros 30 minutos y después se apaga.

—Probablemente sea protocolo de seguridad, nuestras propios ordenadores tienen un sistema de autoapagado en caso de emergencia—dijo Elena Tovc alejándose de la pantalla con un dolor en la espalda baja por la tensión de estar inclinada viendo la consola—. Cuando se activa el protocolo de emergencia todas las computadoras militares tienen un contador que se reinicia cada 24 horas. Para evitar cualquier filtración de información, las máquinas se pueden apagar remotamente, pero algunas veces el sistema no funciona a la perfección y apaga las computadoras aleatoriamente.

El doctor se quedó pensando un momento, las dos mujeres estaban absortas en su conversación y no se percataron de cómo el color de las mejillas rojas del doctor empezaba a tornarse blanco, un sudor frío empezaba a caer por la frente del arqueólogo.

—Comandante, corríjame si me equivoco—dijo con una voz pausada y temblorosa—. Pero ese mismo protocolo envía un mensaje de emergencia a la estación más cercana ¿no?— Las dos mujeres voltearon a ver al doctor, quien no esperó a que la jefe de seguridad le respondiera—, y cada vez que se enciende una de las máquinas el mismo mensaje es enviado.

—Así es, el sistema envía un mensaje de alerta a la última estación conocida.

—Y desde esa misma estación, se puede ordenar el apagado de la computadora, ¿no es así?

—A veces el sistema falla y el comando tiene que activarse cada vez que se enciende la máquina, también sirve para no dejar incomunicada a la nave en caso de emergencia.

El doctor duró unos segundos en dar su siguiente respuesta, aunque en el interior de la nave no hacía calor el arqueólogo empezaba a sudar más.

—Usted misma dijo que en caso de que el sistema de autoapagado falle, los ordenadores se apagan en periodos aleatorios.

—Así es, a veces son cinco minutos otras veces puede ser hasta una hora.

—Pero nunca se repite ese periodo de tiempo.

—Es muy difícil que se repita.

—Pero esta computadora se ha apagado cada vez que la uso exactamente treinta minutos después de que la enciendo. Esta es la octava vez que lo hago desde que encontré el manual.

El silencio se adueñó una vez más de la sala. Cada uno de los presentes empezaba a hacer cuentas en su cabeza. Era imposible que el tiempo de apagado fuera exactamente el mismo en ocho ocasiones, pensó la comandante Tovc.

—Este ordenador no se está apagando automáticamente—dijo rompiendo el silencio la comandante pero con un tono inquietante—. Alguien está apagando esta máquina cada 30 minutos.

Las miradas de los tres presentes se cruzaron, el silencio de la sala se apoderó de ellos una vez más pero ahora sentían que no estaban solos. La sala incrementó su tamaño sólo con saber que alguien estaba comunicándose con la misma.

—Treinta minutos, cada treinta minutos—repitió el doctor para si mismo pero hablando en voz alta—. Alguien está recibiendo este mensaje a 15 minutos luz de distancia y apagando la consola en ese preciso momento.

Cera sintió escalofríos en su espalda y los vellos en su brazo se erizaron.

—Si esto es así, estamos hablando de comunicación fuera de ambos cinturones de asteroides—dijo Cera—, no existe ninguna estación Kumporiana fuera de los cinturones de asteroides.

—Así es, el último bastión que tenemos es la estación de investigación militar en el cinturón exterior—dijo la jefe de seguridad—, más allá de eso está el radar de Huigà, pero no emite señales, sólo recibe y replica a la estación del cinturón.

—Sea lo que sea que se está comunicando con esta computadora, no es nuestro.

El único ruido que interrumpía el silencio sepulcral de la nave era la respiración acelerada de Cera, la comandante Tovc y el doctor Vamdi.

—Tenemos que publicar esta tabla de navegación lo más pronto posible—la voz chillona de Vamdi fue la primera en romper el silencio—, conozco un par de astrónomos especializados en zonas remotas que nos podrían ayudar.

—¡Estas loco Vamdi!—bramó la comandante—. No existe forma alguna que esto deje esta sala. Tenemos que destruir esta información, Cera ¿le has dicho a alguien más?

—No, ustedes son las primeras personas que he contactado al respecto—dijo Cera desde su lugar, tratando de iniciar al consola nuevamente.

—Muy bien, no lo comentes con nadie, tampoco tu Rusef. Tenemos que mantener esto entre nosotros—hizo una pausa mirando la pantalla apagada—. Lo mejor sería destruirlo.

—¿Qué? ¡Estas loca! Esto es un descubrimiento para la ciencia, para la historia y para todos los kumporianos—gritó el doctor agitando los brazos—. No podemos destruirlo o ignorarlo.

—No sabemos con qué o con quién se esté comunicando esta máquina—contestó la comandante—, podríamos estar alertando a posibles enemigos de nuestra posición, no sabemos qué más se esté enviando junto con el mensaje de encendido. Si lo destruimos, nos aseguramos de que no vuelva a suceder.

—Pero no podemos simplemente destruirlo, estas coordenadas significan algo—dijo el doctor moviendo sus manos regordetas—, esto abre una puerta de posibilidades infinitas y contesta muchas de nuestras preguntas.

—Hay preguntas que es mejor dejar sin contestar doctor—dijo la comandante fríamente.

—Eso es absurdo—dijo el doctor agitando una mano como tratando de borrar las palabras de la comandante—, tenemos que sacar una copia de esta información y ver que más existe en la memoria de la computadora. No creo que se haya perdido todo, lo mejor sería contactar a expertos en recuperación de datos.

En la oscuridad Cera fue capaz de ver como la comandante movía su mano hacia su arma sin quitar los ojos de encima del profesor. En un movimiento rápido la comandante había sacado su arma y apuntaba directo al profesor.

—Dije, que esto no sale de esta sala hasta que yo lo diga doctor. ¿Entendido?

El doctor interrumpió sus ideas, empezó a levantar las manos mostrando las palmas hacia la comandante con unos ojos grandes como platos y la boca semi abierta.

—Por favor Elena baja el arma—dijo Cera levantándose lentamente de la silla de la consola—. Creo que el doctor tiene razón, lo mejor sería analizar esta información…

—No Cera, esto se queda entre nosotros tres—dijo la comandante—. Si esto sale a la luz, será difícil callarlo. Imagina la cantidad de piratas, carroñeros, militares, civiles que saldrán a encontrar ese punto de comunicación. No sabemos con que nos estamos enfrentando, hasta donde llega nuestro entendimiento esta nave es de los antiguos, pero ni siquiera de eso podemos estar seguros ya.

—¡Loca! Eso es lo que eres Elena, una loca por querer borrar esto—dijo el doctor con su voz aguda—. Es el primer conocimiento que tenemos de contacto exterior y tú quieres simplemente ignorarlo, fingir que nunca pasó. Hay algo allá afuera y es nuestro deber encontrarlo.

—Pues entonces nuestros deberes son muy diferentes doctor—dijo Elena sin mover el arma—, el mío es mantener el orden en Möl.

—Elena, por favor, piensa un poco—dijo Cera—, estoy con Rusef en esto, no podemos simplemente ignorarlo; este descubrimiento puede ser el más grande del último siglo.

La mirada de Elena se postró en Cera, el brazo que sostenía el arma empezó a relajarse un poco. Nadie se movía en la sala.

—Nadie más, puede saber de esto hasta que entendamos mejor de que se trata—dijo la comandante mientras bajaba lentamente el arma y la volvía a poner en su funda.

Se escuchó un suspiro proveniente del doctor Rusef, seguido del sonido de su cuerpo tirándose en la silla más cercana.

—Ahora lo más importante es, ¿qué vamos a hacer con esta información?

—De eso ya me encargaré yo Cera—dijo el doctor desde su lugar, con una voz más tranquila—. No se preocupe comandante, la mantendré al tanto y seguiré un perfil bajo. Tiene razón—Cera miró confundida al doctor—. No me mal interpretes Cera, es un gran descubrimiento, pero Elena está en lo correcto, me dejé llevar por la situación. Esto no puede salir a la luz tan rápidamente, esto cambia el juego lunar completamente— Una sonrisa se dibujó en el rostro del doctor—. Y gracias a esto, en Möl tenemos la ventaja.

Fuera, Dianeri se postraba en el horizonte para dar paso a la noche estrellada Kumporiana, pequeñas nubes eran movidas lentamente por el viento frío de Möl. La nave destruida seguía inamovible en su lugar en la cima de la montaña, cubierta ligeramente de nieve, proyectando grandes sombras en la nieve.

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